jueves, 22 de agosto de 2013

Observancia de las normas litúrgicas y “ars celebrandi”


1. La situación en el post-Concilio
El Concilio Vaticano II ordenó una reforma general de la sagrada liturgia[1]. Esta fue efectuada, tras la clausura del Concilio, por una comisión comúnmente llamada, por brevedad, el Consilium [2]. Es sabido que la reforma litúrgica fue desde el inicio objeto de críticas, a veces radicales, como de exaltaciones, en ciertos casos excesivas. No es nuestra intención detenernos en este problema. Podemos decir en cambio que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo celebrativo después del Concilio.
También el Magisterio reciente ha tomado nota de la situación y en muchos casos ha llamado a la estricta observancia de las normas y de las indicaciones litúrgicas. Por otra parte, las leyes litúrgicas establecidas para la forma ordinaria (o de Pablo VI) – la que, excepciones aparte, se celebra siempre y en todas partes en la Iglesia de hoy – son mucho más “abiertas” respecto al pasado. Estas permiten muchas excepciones y diversas aplicaciones, y prevén también múltiples formularios para los diversos ritos (la pluriformidad incluso aumenta en el paso de la editio typica latina a las versiones nacionales). A pesar de ello, un gran número de sacerdotes considera que tiene que ampliar ulteriormente el espacio dejado a la “creatividad”, que se expresa sobre todo con el frecuente cambio de palabras o de frases enteras respecto a las fijadas en los libros litúrgicos, con la inserción de “ritos” nuevos y a menudo extraños completamente a la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia e incluso con el uso de vestimentas, vasos sagrados y adornos no siempre adecuados y, en algunos casos, cayendo incluso en el ridículo. El liturgista Cesare Giraudo ha resumido la situación con estas palabras:
“Si antes [de la reforma litúrgica] había fijación, esclerosis de formas, innaturalidad, que hacían la liturgia de entonces una “liturgia de hierro”, hoy hay naturalidad y espontaneísmo, sin duda sinceros, pero a menudo sobreentendidas, malentendidas, que hacen – o al menos corren en riesgo de hacer – de la liturgia una “liturgia de caucho”, resbaladiza, escurridiza, jabonosa, que a veces se expresa en una ostentosa liberación de toda normativa escrita. [...] Esta espontaneidad mal entendida, que se identifica de hecho con la improvisación, la facilonería, la superficialidad, el permisivismo, es el nuevo “criterio” que fascina a innumerables agentes pastorales, sacerdotes y laicos.
[...] Por no hablar también de aquellos sacerdotes que, a veces y en algunos lugares, se arrogan el derecho de utilizar plegarias eucarísticas salvajes, o de componer acá o allá su texto o partes de él” [3].
El papa Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, manifestó su disgusto por los abusos litúrgicos que tienen lugar a menudo, particularmente en la celebración de la Santa Misa, en cuanto que “la Eucaristía es un don demasiado grande, para soportar ambigüedades y disminuciones” [4]. Y añadió:
“Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al « formalismo » ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.
Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” [5].

2. Causas y efectos del fenómeno
El fenómeno de la “desobediencia litúrgica” se ha extendido de tal forma, por número y en ciertos casos también por gravedad, que se ha formado en muchos una mentalidad por la cual en la liturgia, salvando las palabras de la consagración eucarística, se podrían aportar todas las modificaciones consideradas “pastoralmente” oportunas por el sacerdote o por la comunidad. Esta situación indujo al mismo Juan Pablo II a pedir a la Congregación para el Culto Divino que preparase una Instrucción disciplinar sobre la Celebración de la Eucaristía, publicada con el título de Redemptionis Sacramentum el 25 de marzo de 2004. En la citación antes reproducida de la Ecclesia de Eucharistia, se indicaba en la reacción al formalismo una de las causas de la “desobediencia litúrgica” de nuestro tiempo. La Redemptionis Sacramentum señala otras causas, entre ellas un falso concepto de libertad [6] y la ignorancia. Esta última en particular se refiere no sólo al conocimiento de las normas, sino también a una comprensión deficiente del valor histórico y teológico de muchos textos eucológicos y ritos: “Los abusos encuentran, finalmente, muy a menudo fundamento en la ignorancia, ya que por lo general se rechaza aquello de lo que no se capta el sentido más profundo, ni se conoce su antigüedad” [7].
Introduciendo el tema de la fidelidad a las normas en una comprensión teológica e histórica, además de en el contexto de la eclesiología de comunión, la Instrucción afirma:
“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande 'para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal'. [...] Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la 'secularización'.
Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia” [8].
Particularmente significativo en este texto es la llamada al derecho de los fieles de tener la liturgia celebrada según las normas universales de la Iglesia, además de subrayar el hecho de que las transformaciones y modificaciones de la liturgia – aunque se hagan por motivos “pastorales” – no tienen en realidad un efecto positivo en este campo; al contrario confunden, turban, cansan y pueden incluso hacer alejarse a los fieles de la práctica religiosa.

3. El ars celebrandi
He aquí los motivos por los cuales el Magisterio en las últimas cuatro décadas ha recordado varias veces a los sacerdotes en la importancia del ars celebrandi, el cual – si bien no consiste sólo en la perfecta ejecución de los ritos de acuerdo con los libros, sino también y sobre todo en el espíritu de fe y adoración con los que éstos se celebran – no se puede sin embargo realizar si se aleja de las normas fijadas para la celebración [9]. Así lo expresa por ejemplo el Santo Padre Benedicto XVI:
“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).” [10].
Recordando estos aspectos, no se debe caer en el error de olvidar los frutos positivos producidos por el movimiento de renovación litúrgica. El problema señalado, con todo, subsiste y es importante que la solución al mismo parta de los sacerdotes, los cuales deben empeñarse ante todo en conocer de manera profundizada los libros litúrgicos, y también a poner fielmente en práctica sus prescripciones. Sólo el conocimiento de las leyes litúrgicas y el deseo de atenerse estrictamente a ellas impedirá ulteriores abusos e “innovaciones” arbitrarias que, si en el momento pueden quizás emocionar a los presentes, en realidad acaban pronto por cansar y defraudar. Salvadas las mejores intenciones de quien las comete, después de cuarenta años de “desobediencia litúrgica” no construye de hecho mejores comunidades cristianas, sino que al contrario pone en peligro la solidez de su fe y de su pertenencia a la unidad de la Iglesia católica. No se puede utilizar el carácter más “abierto” de las nuevas normas litúrgicas como pretexto para desnaturalizar el culto público de la Iglesia:
“Las nuevas normas han simplificado en mucho las fórmulas, los gestos, los actos litúrgicos [...]. Pero tampoco en este campo se debe ir más allá de lo establecido: de hecho, haciendo así, se despojaría a la liturgia de los signos sagrados y de su belleza, que son necesarios, para que se realice verdaderamente en la comunidad cristiana el misterio de la salvación y se comprenda también bajo el velo de las realidades visibles, a través de una catequesis apropiada. La reforma litúrgica de hecho no es sinónimo de desacralización, ni quiere ser motivo para ese fenómeno que llaman la secularización del mundo. Es necesario por ello conservar en los ritos dignidad, seriedad, sacralidad” [11].
Entre las gracias que esperamos poder obtener de la celebración del Año Sacerdotal está por tanto también la de una verdadera renovación litúrgica en el seno de la Iglesia, para que la sagrada liturgia sea comprendida y vivida por lo que esta es en realidad: el culto público e íntegro del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza y miembros, culto de adoración que glorifica a Dios y santifica a los hombres [12].
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Notas
[1] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 21.
[2] Abreviación de Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.
[3] C. Giraudo, “La costituzione 'Sacrosanctum Concilium': il primo grande dono del Vaticano II”, en La Civiltà Cattolica (2003/IV), pp. 532; 531.
[4] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 10.
[5] Ibid., n. 52. Cf. también Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 28.
[6]“No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo”: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum, n. 7.
[7] Ibid., n. 9.
[8] Ibid., nn. 11-12.
[9] Sagrada Congregación de los Ritos, Eucharisticum Mysterium, n. 20: “Para favorecer el correcto desarrollo de la celebración sagrada y la participación activa de los fieles, los ministros no deben limitarse a llevar a cabo su servicio con exactitud, según las leyes litúrgicas, sino que deben comportarse de forma que inculquen, por medio de éste, el sentido de las cosas sagradas”.
[10] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38. Véase el n. 40 desarrolla adecuadamente el concepto.
[11] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Liturgicae instaurationes, n. 1. El texto continua: “La eficacia de las acciones litúrgicas no está en la búsqueda continua de novedades rituales, o de simplificaciones ulteriores, sino en la profundización de la palabra de Dios y del misterio celebrado, cuya presencia está asegurada por la observancia de los ritos de la Iglesia y no de los impuestos por el gusto personal de cada sacerdote. Téngase presente, además, que la imposición de reconstrucciones personales de los ritos sagrados por parte del sacerdote ofende la dignidad de los fieles y abre el camino al individualismo y al personalismo en la celebración de acciones que directamente pertenecen a toda la Iglesia”.
[12] Cf. Pío XII, Mediator Dei, I, 1; Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.

(Tomado de la Web de Oficina para las Celebraciones del Sumo Pontifice)

lunes, 5 de agosto de 2013

     

 

         La liturgia episcopal: la dalmática debajo de la casulla

Quizás más de uno se pueda sorprender cuando ha visto al Obispo ponerse la dalmática diaconal debajo de la casulla de la celebración de la Santa Misa. Como indica el Ceremonial de los Obispos (n. 125 c) en las misas pontificales  para significar que el tiene la plenitud del Sacramento del Orden.

No hay que olvidar lo que enseña la doctrina católica: el sacramento del orden es un sacramento que pueden recibir los bautizados varones, que tiene tres grados, el tercero el diaconado, el segundo el presbiterado y el primero el episcopado, los tres configuran con Cristo como Cabeza de la Iglesia al servicio de los fieles laicos. Que en los tres grados imprime carácter sacramental en el alma del que lo recibe válidamente y con la gracia de estado necesaria para ejercerlo santamente. Por lo tanto no se desaparecen y permanecen para siempre en el ordenando.

El orden del diaconado que es el primer grado que se recibe de este sacramento lo reciben todos los clérigos, pero es un distintivo  de todo ministro ordenado, el esta ordenado para el servicio de la Iglesia, no para sí mismo sino para el servicio  los demás. Deberá estar presente siempre en la espiritualidad del ministro ordenado: el es un servidor, un siervo primero de Dios en las cosas suyas y después de los hermanos.

Por ello el Obispo lo lleva cuando celebra la misa pontifical para recordárnoslo y recordárselo a sí mismo 

lunes, 8 de julio de 2013


                             El vellón de Gedeón

En este pasaje bíblico, Gedeón le pide a Dios una señal para saber que es Dios y que lo va a ayudar en su lucha contra  Madián y Amalec (Jue 6, 36 ss) . La señal consistía en que en la noche Gedeón iba a poner un vellón seco en medio del campamento y Dios tenía que mojarlo y alrededor debería quedar seco. Y así sucede, se levante en la mañana y esta mojado el vellón y el resto está seco. No contento con eso a la noche siguiente le dice que hago lo mismo,  pero esta vez que deje el vellón seco y moje alrededor de él. Y así lo hace el Señor Dios. (Vellón =  es trozo de lana esquilada de una oveja)
 

Me hizo recordar este hermoso pasaje bíblico lo que sucede en la “epíclesis” de la Santa Misa, el sacerdote invoca la acción del Espíritu Santo sobre la oblata en donde están depositadas el pan y el vino que se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, sólo ahí sobre ese lugar específico de la Santa mesa del altar para que El lo santifique.  

Todos los sacramentos tienen "eplíclesis" que es la invocación que hace el ministro de sacramento hace para que el Espíritu Santo descienda sobre ese momento para que se realice el sacramento.

viernes, 28 de junio de 2013

        


           Solemnidad del Martirio de dos grandes apóstoles

Este sábado 29 de junio celebramos con toda la Iglesia la solemnidad del martirio de San Pedro y San Pablo, además de celebrar el día del Santo Padre; en el Perú es fiesta de guardar, día de precepto de participar de la Santa Misa y es feriado civil. Son huellas en nuestro país del sustrato católico que nutre nuestra cultura peruana y mestiza.

Celebramos a dos grandes de la fe, que conocieron al Señor y le entregaron su vida, y todas sus energías, que predicaron el Evangelio hasta que llegaron los dos a la ciudad Eterna, capital entonces del Imperio, que evangelizaron y fundaron esa comunidad eclesial. La solemnidad tiene 2 formularios de celebración de la Santa Misa el de vísperas y el del día, tiene liturgia de la Palabra propia, eucología propia con prefacio y bendición solemne. Se celebra con ornamentos rojos.

Es una ocasión de renovar nuestra conciencia y pertenencia eclesial, pues hemos sido llamados a seguir al Señor en la Iglesia que es obra suya, fundada por El, sobre la Roca del Apóstol Pedro,  signo de unidad y principio de comunión eclesial, como decía San Ambrosio de Milán “ubi Petros, ibi ecclesia” “donde esta Pedro, está la Iglesia” no hay iglesia sin tener a Pedro y sus sucesores en el centro de la comunión. Somos miembros de la Iglesia y todos somos importantes en ella.

San Pablo es el apóstol de los gentiles, incansable en anunciar al Señor, evangelizó casi todo el mundo conocido, y dócil al Espíritu escribió su prédica que ha llegado hasta nosotros en sus cartas.
La celebración en torno al Santo Padre Francisco, Vicario de Cristo en la tierra, “dulce Cristo en la tierra” como lo llamaba Santa Catalina de Siena, sintetiza mucho de lo que celebramos

Celebremos con gozo espiritual esta fiesta de la fe!!

miércoles, 19 de junio de 2013

El recuerdo del Santo Custodio en la Misa

DECRETO
En el paterno cuidado de Jesús, que San José de Nazaret desempeñó, colocado como cabeza de la Familia del Señor, respondió generosamente a la gracia, cumpliendo la misión recibida en la economía de la salvación y, uniéndose plenamente a los comienzos de los misterios de la salvación humana, se ha convertido en modelo ejemplar de la entrega humilde llevada a la perfección en la vida cristiana, y testimonio de las virtudes corrientes, sencillas y humanas, necesarias para que los hombres sean honestos y verdaderos seguidores de Cristo. Este hombre Justo, que ha cuidado amorosamente de la Madre de Dios y se ha dedicado con alegría a la educación de Jesucristo, se ha convertido en el custodio del tesoro más precioso de Dios Padre, y ha sido constantemente venerado por el pueblo de Dios, a lo largo de los siglos, como protector del cuerpo místico, que es la Iglesia.
En la Iglesia católica, los fieles han manifestado siempre una devoción ininterrumpida hacia San José y han honrado de manera constante y solemne la memoria del castísimo Esposo de la Madre de Dios, Patrono celestial de toda la Iglesia, hasta tal punto que el ya Beato Juan XXIII, durante el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, decretó que se añadiera su nombre en el antiquísimo Canon Romano. El Sumo Pontífice Benedicto XVI ha querido acoger y aprobar benévolamente los piadosos deseos que han llegado desde muchos lugares y que ahora, el Sumo Pontífice Francisco ha confirmado, considerando la plenitud de la comunión de los santos que, habiendo peregrinado un tiempo a nuestro lado, en el mundo, nos conducen a Cristo y nos unen a Él.
Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en virtud de las facultades concedidas por el Sumo Pontífice Francisco, gustosamente decreta que el nombre de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María, se añada de ahora en adelante en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV de la tercera edición típica del Misal Romano, colocándose después del nombre de la Bienaventurada Virgen María, como sigue: en la Plegaria eucarística II: «ut cum beáta Dei Genetríce Vírgine María, beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»; en la Plegaria eucarística III: «cum beatíssima Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»; en la Plegaria eucarística IV: «cum beáta Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum Apóstolis».
Por lo que se refiere a los textos redactados en lengua latina, se deben utilizar las fórmulas que ahora se declaran típicas. La misma Congregación se ocupará de proveer, a continuación, la traducción en las lenguas occidentales de mayor difusión; la redacción en otras lenguas deberá ser preparada, conforme a las normas del derecho, por la correspondiente Conferencia de Obispos y confirmada por la Sede Apostólica, a través de este Dicasterio.
No obstante cualquier cosa en contrario.
Dado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el día 1 de mayo del 2013, memoria de San José Obrero.
Antonio, Card. Cañizares Llovera
Prefecto
 + Arturo Roche
Arzobispo Secretario

miércoles, 12 de junio de 2013



¿Cómo se puede cumplir el precepto dominical y de fiestas de precepto?

Según el canon 1247: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios” y en el siguiente el 1248 dice: "cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella …tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde”

Una pregunta muy frecuente que nos hacen a los sacerdotes ¿si yo voy a una misa de matrimonio el sábado en la tarde estoy cumpliendo el precepto o no? Pues bien si analizamos  el significado del canon en referencia se dice que el fiel tiene que “participar de la Misa” es una indicación amplia,  y como dicen los canonistas, si es amplia no se puede restringir o delimitar,  si no es por la autoridad Suprema. Entonces si voy a Santa Misa el sábado por la tarde-noche de matrimonio entonces SI vale para cumplir el precepto dominical, lo mismo sucede si participo de una misa de difuntos incluso el mismo domingo.
Un detalle importante en las misas de matrimonio las normas litúrgicas indican que cuando se celebra en una Solemnidad debe celebrarse la solemnidad y  ponerse una lectura del matrimonio y el resto de la fiesta litúrgica;  también debería haber una mención al matrimonio en las peticiones y algún canto apropiado. La eucología se toma de la Solemnidad.

Por otro lado es muy recomendable insistir en el valor que tiene la celebración del Domingo como día consagrado al Señor, como la etimología lo indica “dies Domini” día del Señor, Primer día de la semana, Octavo día, Pascua semanal como lo llama la Sacrosantum Concilium. Hay que celebrarlo como tal, con alegría, con el gozo pascual que celebramos incluso con signos externo p.e. descansar un poco más, preparar una comida mejor, más exquisita, que la familia este reunida,  que vayan de paseo o de visita algún familiar, que se viva la caridad con más intensidad.
El Beato Papa Juan Pablo II escribió la “Dies Domini” Carta Apostólica sobre este día tan importante el 31 de Mayo del 1998, que vale la pena revisar y meditar

miércoles, 29 de mayo de 2013




                                                    Jueves solemne

En el Jueves después del Domingo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad se celebra en muchos lugares la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor Jesús en la Eucaristía, también conocido como Corpus Christi. En el Perú se mantiene la costumbre en el Cuzco, en Trujillo, y en Cajamarca,  en el resto del país se celebra el domingo siguiente. Lo más destacado es la Procesión Eucarística que se hace después de la Santa Misa.   

Es una prolongación solemne de lo que hemos celebrado el Jueves Santo en donde el Señor en la plenitud de su amor nos ha dejado el memorial de su Muerte en la Cruz. La liturgia de la Palabra de este ciclo destaca el aspecto de sacramento, de canal de gracia, de alimento de nuestra fe.

Es un misterio insondable de fe católica que nunca se acaba de profundizar, que mantiene la fe, la alimenta, la afianza. Objeto de adoración que sobrecoge hasta las entrañas más íntimas del creyente, sacramento de su Presencia Real por antonomasia.

Revisando el otro día los documentos del Concilio Vaticano II encontré los títulos que recoge la constitución conciliar Sacrosantum Concilium  sobre este sacramento: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual. Y una que me llama mucho la atención es la de Su Santidad Benedicto XVI: sacramentum caritatis, sacramento del amor. Como dice ese canto tan popular entre nosotros: “Cantemos al Amor de los amores …”  Himnos, cánticos, poemas eucarísticos hermosos de la tradición católica como el Pange lingua, Adoro te devote que se deberían usar en esta celebración